miércoles 14 de julio de 2010

Sendas de humo

Me acuerdo de la caída. Del caballo alejándose por el bosque. Del sonido de sus pezuñas mitigado  por las hojas que cubrían la tierra y después por la distancia. Podía sentir la sangre caliente vertirse desde la herida hacia mis manos. El suelo frío contra mi pecho olía a humedad. El crujir de las hojas cuando al arrastrarme se multiplicaba en mis oídos.

Me desmayé.

Al despertarme, encontré un castillo que había aparecido a mi derecha. No tenía sentido su presencia a mi costado.

Mi herida había secado, pero las piernas me temblaban y la tela de mi camisa se adhería a la piel. Levanté la vista y alcancé a ver las murallas. Se distinguía la silueta de un guardia apostado en la muralla exterior. Grité. Grité. Le grité y nunca me contestó.

El muro parecía transpirar. La humedad formaban gruesas gotas que resbalaban por la piedra. El borde de sus paredes, donde tocaba con la hierba, estaba recubierto por una densa bruma. Una bruma como el humo blanco que viene con el fuego.

Me agaché para tocar la neblina, tenía curiosidad por saber si estaba tan fría como el aire. Al acercar mi mano, la bruma se dispersó de golpe. Retiré los dedos sólo para verla formarse de nuevo, ocupar el mismo espacio donde había estado antes.

Decidí probar suerte dando vueltas al castillo hasta encontrar la puerta y los guardias custodios que hacían su labor frente a ella. Ellos no se movieron. Ni cuando me tronaron las rodillas ni cuando me raspé la garganta. Los soldados tenían la cabeza gacha, el casco sobre los ojos y los ojos cerrados como comprobé cuando les hube levantado la barbilla.

Me asusté pensando que estaban muertos, pero pasado el susto inicial tuve que ir a comprobar mi presentimiento, y poniendo la oreja contra el pecho de uno de los guardias escuché el ruido de su corazón. Por un momento, este sonido fue todo lo que llenó mi cabeza, el sonido de este corazón magnificado. Fue cuando me di cuenta del silencio.

En medio del bosque. Cerca de un castillo donde hubieran podido vivir quinientas gentes no había más ruido que el corazón del soldado. Ni pájaros ni voces. Sólo el rítmico tambor de los latidos.

La puerta se entreabrió y dejó pasar la silueta de una mujer. Lo suficiente para que pudiera verla con claridad, pero no lo suficiente como para que pudiera tocarla. Sus cabello rubios caían a raudales sobre los hombros de un camisón de tela blanca que sin ser un vestido le daba la impronta elegancia de las reinas. 
Cuando habló lo hizo en voz queda, mostrando apenas el brillo de unos dientes diminutos:
-      ¿Vas a entrar, guerrero? – no sonrió al formular la pregunta. Su voz estaba marcada de autoridad.
-       No lo sé, su señoría. – le dediqué una reverencia y señalé los guardias de un movimiento de cabeza. - ¿Están vivos o muertos?
-       Ni lo uno ni lo otro.
-       ¿Y yo?
-       Ni lo uno ni lo otro…todavía. – en su rostro se ensanchó la sonrisa y me pareció que sus ojos hubieran podido prenderse en fuego. – Toma tu decisión pronto, guerrero, que el castillo no espera y yo tampoco.

Se fue deslizando hasta la puerta que quedó abierta tras ella. Hasta el final dejó pasar su mano, blanca y perfecta, desapareció la muñeca, luego los nudillos y por fin las uñas. Eran unas manos para besarse, unas manos para adorarse, y eran las manos que me llamaban a cruzar la puerta.

Luego, recordé. Era como si el tiempo hubiera dado un salto hacia atrás, retrocedido por unos minutos. Mientras hablaba con ella le había mirado el cabello, los ojos vivaces, las largas pestañas que acariciaban las mejillas a cada batir de ojos, pero también le había mirado el cuerpo, apreciando la cintura, las caderas, las formas de sus piernas que se adivinaban bajo la tela ligera. Hasta llegar a los pies.

Recordaba que por debajo del camisón, donde tendrían que haber estado los pies más delicados, no había más que humo. Neblina que se perdía por sus faldas, la misma bruma que había invadido el camino antes de que el caballo se cabreará.

Dejé que la puerta se cerrara, y volví al suelo a acurrucarme contra la tierra húmeda. Otra vez se hizo el silencio y pude escuchar el latido de mi corazón al bombear la sangre. Era el sonido de un corazón que se apaga.