Dejó que las alas le ciñeran el cuerpo, su piel acariciada por las miles de plumas y sus sentidos embotados por el oxígeno impregnado en el aire. Dejó que los brazos de él le rodearán las caderas y entonces, sólo entonces, correspondió al gesto.
Buscó ente los omóplatos, en el nacimiento de las alas, el lugar donde la carne estaba más tierna y a partir de ahí, desde este punto de partida, mandó las uñas hasta el coxis, surcando en la piel, cavando zanjas, esperando sentir la sangre entre sus dedos.
El grito de él, desnudo ante la maldad de ella, fue tan placentero como presenciar la muerte de un estrella, como ver un mundo apagarse en una noche clara. Las caricias que siguieron después, el consumo final de sus anhelos no fue más que la resaca de este placer original.
1 comentarios:
Celebro que finalmente hayas regresado a tu espacio, Alexia.
Un abrazo fuerte.
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